lunes, 19 de marzo de 2007

Aristóteles y Platón

Para los griegos, el conocimiento versaba sobre la búsqueda de una mejor vida, donde se distinguieran claramente los medios de los fines. Este conocimiento, entonces, no podía referir a cuestiones particulares y cortoplacistas, sino que se enfocaba sobre una visión general, lo universal. Allí, el punto de convergencia entre las propuestas platónica y aristotélica sobre el conocimiento.

Platón empieza por descartar la percepción como conocimiento universal porque afirma –en concordancia con Heráclito- que ella nos lleva a tomar en cuenta sólo lo que ocurre en el presente y, por tanto, su veracidad dependerá de lo que ocurra. Así, cualquier juicio de este tipo no puede ser conocimiento cabal. En segundo lugar, la percepción no considera una parte fundamental de la realidad, que no se compone a modo de estímulo sensorial, y comprende los procesos e interrelaciones que se dan entre las cosas, conformando la realidad en base a lo real. Dicho proceso se da no por la aprehensión de datos, sino por su interpretación y va más allá de lo particular.

Aristóteles, por su parte, también plantea que el conocimiento debe ser sobre lo universal y, al igual que Platón, defiende una posición idealista, es decir, que el conocimiento tiene como eje las ideas. Sin embargo, no va a restarle todo valor a la percepción y la aprehensión sensible, sosteniendo que el saber comienza por la sensación, que se da cuando cada sentido capta su sensible propio. Aristóteles sostenía que los sentidos son fuente inequívoca de datos sensoriales y necesarios para alcanzar el conocimiento. Luego de dicha sensación, sigue la memoria, que se entiende como la huella sensorial dejada por el objeto; de allí la experiencia, producida por la asociación de múltiples recuerdos referidos a una sola cosa (ésta no puede considerarse conocimiento porque aún versa sobre lo particular). El conocimiento sobre lo universal nace de dicha experiencia, pero cuando se elabora un juicio válido para todos los casos semejantes. De ahí que la postura aristotélica considere al conocimiento como aquel que estriba en los primeros principios. Aristóteles confiaba en la deducción general ya que se creía que el mundo obedecía a un orden lógico, por lo que las genralizaciones eran absolutas para los griegos.

Aunque ambos filósofos sostenían que el conocimiento versa sobre lo universal y tiene como eje a las ideas, la diferencia radica en que Aristóteles halla la “materia prima” del conocimiento en la captación de estímulos sensoriales. La posición platónica era muy clara respecto a esto, considerando que las formas no eran conceptos abstraídos de realidades particulares. Platón creía que antes de la experiencia sensible tenía que haber una idea, una suerte de esencia de la cual participaba esa percepción. Para Platón el conocimiento era parte integral del alma y venía ya con ella. La reflexión era una búsqueda de aquel conocimiento que se tenía dentro. Con tal fin, se apoya en el planteamiento de dos mundos: el de las ideas o formas, que es inmutable y eterno; y el mundo sensible, que es una imitación de aquel. Sin embargo, Platón no maneja bien esa suerte de asociación entre estos dos mundos.

Este sería el punto clave para las observaciones de Aristóteles a dicha teoría. El principal argumento aristotélico afirma que al ser el mundo sensible una imitación del mundo de las ideas, por qué imitaría todos sus atributos excepto el más importante: la inmutabilidad.
Bibliografía recomendada:
  • MERLO, Alberto; “Realismo y verdad en Aristóteles” en “El problema de la verdad”; Editorial Biblos; Buenos Aires; Argentina; 1993
  • REALE; Giovanni; “Historia del pensamiento filosófico y científico”; Segunda edición; Editorial Herder; Barcelona; España; 1995